Seleccionar página

El pasado sábado 26 de septiembre se cumplieron doce años de la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, sin que se conozca el paradero de las víctimas, el gobierno cada vez enreda más las investigaciones y no hay ni para cuándo se conozca la verdad y se haga justicia, prevalece la impunidad, afirman padres de los jóvenes.

Un sobreviviente reconstruye las horas de aquella noche en Iguala. En otra parte de la misma historia, la familia del médico forense Julio César Valladares Baranda, detenido este año, cuestiona la acusación en su contra y pide que se esclarezca qué ocurrió con su trabajo y con los cuerpos que llegaron al Servicio Médico Forense. Dos relatos distintos que vuelven sobre una historia que, doce años después, no ha terminado.

Ulises Martínez Juárez tenía previsto regresar a su casa en Tixtla la noche del 26 de septiembre de 2014. Había terminado sus gafetes y preparado los materiales que utilizaría para sus prácticas docentes. Era estudiante de tercer grado de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, integrante de la generación 2012-2016, y no tenía contemplado viajar a Iguala

Una llamada telefónica hizo que permaneciera unos minutos más en la normal. Aquella decisión lo convirtió en uno de los sobrevivientes de la noche en que seis personas fueron asesinadas y 43 estudiantes desaparecieron.

Días antes del 26 de septiembre, la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México había realizado una reunión para preparar la participación de las normales rurales en la marcha del 2 de octubre. Ayotzinapa recibiría a estudiantes de 17 normales rurales y era necesario conseguir autobuses.

Algunos jóvenes habían advertido que retirar a buena parte de la base estudiantil implicaba un riesgo, pues conseguir alrededor de 30 autobuses no sería sencillo. Ulises, que cursaba el tercer grado, tenía programadas sus prácticas docentes en Coyuca de Benítez.

La tarde de aquel viernes la normal comenzó a vaciarse. Ulises permanecía en su dormitorio con dos compañeros de cuarto grado, entre ellos Gerardo Torres, quien había vivido la represión del 12 de diciembre de 2011. Conversaban, escuchaban música de José de Molina y preparaban sus actividades.

Cerca de las cinco de la tarde escucharon que algunos autobuses y estudiantes comenzaban a concentrarse en el estacionamiento. Pensaron que irían a Chilpancingo por autobuses. Ya sabían que durante la mañana había ocurrido un altercado con policías estatales y federales que habían impedido que los estudiantes tomaran algunos vehículos, pero nadie imaginaba todavía que aquella salida terminaría en una persecución y en una serie de ataques armados.

Las primeras horas de la Noche de Iguala

A las siete de la noche, Ulises terminó sus gafetes. Le dijo a Gerardo que regresaría a Tixtla. Entonces supo que sus compañeros habían tomado rumbo a Iguala. Poco después recibió la llamada de quien entonces era su novia y decidió permanecer en la normal mientras hablaba con ella. Como era de Tixtla, calculaba que estaba a unos diez minutos de su casa y no tenía prisa.

Entre las ocho y media y las nueve de la noche comenzaron los golpes en las puertas y los llamados para que los estudiantes se concentraran. La información llegaba fragmentada: la policía había baleado a los normalistas, había compañeros detenidos y circulaba la versión de que había un muerto, Aldo Gutiérrez Solano, quien había recibido un disparo y posteriormente quedó en estado vegetativo. Los estudiantes decidieron organizarse para acudir a Iguala.

La primera Urban salió aproximadamente a las 21:20 horas. Ulises partió unos cinco minutos después, pero el vehículo tuvo que detenerse a cargar gasolina a las afueras de Tixtla. Ese retraso sería significativo porque la primera Urban llegó antes a Iguala y no encontró el mismo escenario que la segunda.

En el vehículo de Ulises viajaban entre 20 y 25 personas, aunque tenía capacidad aproximada para 15. Durante el trayecto intercambiaban llamadas y mensajes para conocer lo que estaba sucediendo. Sabían que había ocurrido una represión, que había un muerto y que algunos compañeros no respondían sus teléfonos, pero desconocían todavía la dimensión de los acontecimientos.

Desde la carretera, Ulises recuerda los relámpagos sobre Iguala y la impresión de que sobre la ciudad caía un fuerte aguacero. También le llamó la atención que prácticamente no hubiera automóviles circulando por la carretera federal, algo que le pareció extraño porque normalmente era una vía transitada.

Cerca de Iguala, Gerardo volvió a comunicarse con él para informarle que su hermano Alejandro estaba en el cerro. Habían logrado escapar porque la policía les había disparado. Ulises pensaba que sus compañeros se encontraban concentrados en un mismo punto y esperaba encontrarlos al llegar.

Momentos decisivos

Antes de entrar a Iguala apareció una camioneta roja de aproximadamente tres toneladas atravezada en el camino. Al principio pensaron que podía tratarse de un bloqueo o de un accidente. Cuando el conductor disminuyó la velocidad observaron hombres armados a un costado de la carretera. Les gritaron que se detuvieran mientras levantaban las armas.

El conductor preguntó qué debía hacer y los estudiantes le indicaron que continuara. Ulises cerró los ojos porque pensó que podían dispararles. La Urban consiguió atravesar el bloqueo.

Después llamó a su padre, quien formaba parte de un grupo de autodefensas. Al conocer lo que estaba ocurriendo, alrededor de 30 integrantes del grupo conocido como “La Patria es Primero” tenían la intención de acudir armados para apoyar a los estudiantes. Tenían camionetas y pretendían trasladarse a Iguala, pero finalmente no salieron debido a las noticias sobre las balaceras y al riesgo que representaba la situación.

Al entrar a Iguala, los estudiantes encontraron un autobús Estrella de Oro cerca del Puente del Chipote y del Palacio de Justicia. Tenía las cajuelas abiertas, los vidrios rotos y señales de haber sido atacado. Había piedras, ramas y otros rastros de la agresión. Preguntaban por los demás autobuses y recibían información de que estaban por Pemex o cerca de la Bodega Aurrerá.

En el camino observaron a unos hombres, pero no pudieron detenerse. Dieron la vuelta para buscarlos y ya no estaban. Posteriormente supieron que se trataba del grupo de Gerardo y su hermano. Según lo que les contaron, los compañeros habían visto pasar la Urban y poco después una camioneta de Protección Civil acompañada por policías llegó al lugar y comenzó a dispararles, por lo que regresaron al cerro.

Los estudiantes preguntaron a varios taxistas cómo llegar a la Bodega Aurrerá o a Pemex, pero se negaron a llevarlos. Les dijeron que la zona era demasiado peligrosa y que tenían prohibido acudir. Una mujer que vendía elotes en el centro les indicó que siguieran por la calle Juan N. Álvarez, donde encontrarían a sus compañeros. Les advirtió que estaban muy mal.