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Tristeza sobre tristeza, si el cáncer es una enfermedad que devora o maltrata vidas de un día para otro, la aparición de ese mal en niños es todavía más doloroso. Robarle el futuro a un menor es una doble tragedia. La es para quien la sufre y para sus familiares.

Pero, a pesar de ello, el área destinada al tratamiento infantil del padecimiento en el Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología de La Habana, exorciza visualmente esa dolencia.

En su salón de juegos hay un mural en el que un niño cabalga un alazán café, y esbozando una enorme sonrisa, blande su espada y enfila al animal rumbo al final de un arcoíris, como si el combate de su dolencia estuviera inevitablemente destinado a ganar su batalla.

En el centro del cuarto, cerca de las ventanas llenas de luz, una guagua de madera roja, lleva en su techo, un tesoro en forma de cargamento de globos y pelotas.

Escritorios y pupitres están llenos de dibujos iluminados por los niños enfermos con los más intensos y variados colores. No hay en las hojas de papel pintadas con acuarela, ilustraciones en blanco y negro. La explosión de color en esas obras de arte, es una especie de conjuro contra la desesperanza.

Todas las paredes de esa área del hospital son una fiesta para la vista. No hay en ellas nada que recuerde el sufrimiento y el dolor de los pequeños y sus familiares. Se asemejan al más alegre salón escolar. Se diferencian del amarillo pálido de otras paredes del sanatorio.