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Un vórtice de energía girado por las mejores esencias humanas que no ha cesado en 88 años es el Salón Los Ángeles: ecosistema de estructura auto placentera basado en el goce, la libertad y la catarsis que produce el bailar, verbo que acá se aprende a espiritualidad.

La enseñanza en ese templo del dance se respira desde que uno pasa el instructivo pegado en la pared para los principiantes o los que apenas por primera vez visitan su interior. También en el contagio que detona la energía que le da vida, la música afrolatina, antillana, africana (y muchos géneros actuales a los que se ha abierto).

El aprendizaje de vida es ya ver cuerpos contonearse, fundiéndose en uno o con el todo, representado por un recinto que también moldea su estructura ante la lattice, como llama la mecánica cuántica a una estructura total a la que todos estamos unidos.

Ahí, en la colonia Guerrero, donde se ubica el lugar, están las coordenadas adecuadas para que cada alma, con sus sensores, codifique el password para entrar a esta área del universo que tiene que ver con la felicidad a través del ritmo y la anatomía.

La dimensión de ese plano material se siente en esta sala, en cada una de las partículas de oxitocina que explota al abrazo, al toque de manos con el que se hace girar a la pareja en cada pieza.

Esas hormonas fluyeron en el fiestón de aniversario de este templo de parroquianos de la rumba.