La lluvia llegó justo cuando Fobia desató la primera gran catarsis de la noche. Apenas comenzaron los acordes de Veneno vil, el escenario principal del Festival Vive Latino 26 se convirtió en un coro multitudinario: miles de voces cantaron al unísono.
Las maracas marcaron el ritmo mientras Leonardo de Lozanne apareció frente a un mar de celulares levantados. No eres yo terminó de inflamar el ambiente.
Entonces ocurrió algo extraño y perfecto: el público, la música y las gradas parecieron latir al mismo tiempo. Cuando llegó Dos corazones la euforia ya era incontenible.
En ese instante el estadio pareció convertirse en un solo organismo. Algunos cerraban los ojos mientras cantaban, otros levantaban los brazos como si quisieran sostener el momento un poco más.
Entre las primeras filas hubo abrazos improvisados y saltos que hacían vibrar la explanada. La lluvia ligera apenas alcanzaba a mojar los rostros, pero nadie se movía de su lugar: el público parecía decidido a quedarse dentro de esa canción el mayor tiempo posible.
Sobre el escenario, Fobia tocaba con su alineación original, la misma que marcó a toda una generación del rock mexicano, y eso parecía darle al momento un peso especial, casi de rencuentro colectivo.
Leonardo de Lozanne caminó de un extremo a otro mientras el coro multitudinario acompañaba la rola Descontrol. Las luces rebotaban en las gotas que caían y por un momento el espectáculo pareció suspenderse en una burbuja eléctrica.
“Es la banda que escuchaban mis papás y ahora la cantamos juntos”, dijo Valeria Martínez, de 23 años, mientras abrazaba a sus amigas sin dejar de brincar. “Estas canciones ya son de todos”.
Así, entre nostalgia y energía renovada, la segunda y última jornada de la edición 26 del Festival Vive Latino tomó forma ayer en el estadio GNP Seguros, donde abrazos, gritos y saltos acompañaron las presentaciones de Santa Sabina, Rusowski, Los Fabulosos Cadillacs y otros artistas que mantuvieron el pulso del encuentro musical más longevo del país.
Desde las 14 horas, el recinto se volvió una arteria vibrante. Jóvenes y no tan jóvenes llegaron en oleadas al complejo mientras los distintos escenarios empezaban a resonar.
Algunos avanzaban con camisetas de bandas históricas del festival; otros cargaban mochilas, gorras o banderas que se agitaban entre la multitud. El Vive Latino volvía a parecerse a una pequeña ciudad efímera levantada alrededor de la música.