Hace 16 años, el padre de Diego Luna lo vio presentar Abel en el Festival de Cannes. En su regreso con Ceniza en la boca, quien ocupó aquella butaca fue su hijo. Entre ambas imágenes cambió el lugar desde el cual observa a una familia. La pregunta, en cambio, permaneció: qué dejan las ausencias.
“Mi tema siempre ha sido padres e hijos”, reconoció el actor, director y productor en entrevista con La Jornada. “Es el mismo que no me suelta o que no suelto, pero con una vida encima ya, con una reflexión mucho más adulta y, pues espero, más madura”.
Después de su estreno mundial en Cannes, la adaptación cinematográfica de la novela de Brenda Navarro competirá en Horizontes Latinos del Festival de San Sebastián. Llegará a los cines españoles el 9 de octubre, distribuida por Avalon, y formará parte del Festival Internacional de Cine de Morelia antes de su lanzamiento comercial en México.
La paternidad modificó la manera en que Diego Luna contempla esos vínculos. Esa historia le permitió volver sobre preguntas que ya eran suyas y llevarlas al cine.
“Todo empezó con una emoción”, recordó. “La incapacidad de esta madre de comunicarse y de explicarse ante sus hijos. Una hija que siente un abandono frente a una madre que entiende ese alejamiento como un sacrificio. Esa confrontación de perspectivas me parecía muy interesante”.
Esa confrontación de perspectivas permanece en la película dentro de una familia marcada por la migración hacia España. Cuando ocurre el rencuentro entre Lucila y sus hijos, la distancia acumulada persiste y cada uno conserva una lectura distinta de esa separación.
En ese recorrido migratorio Luna (Ciudad de México, 1979) encontró una conversación poco explorada por el cine nacional: la llegada a Europa como una alternativa distinta para quienes buscan comenzar de nuevo, pero también como un camino lleno de obstáculos.
“El libro me contó la migración desde una perspectiva que me pareció muy sorprendente. Llegas a un lugar donde se habla tu mismo idioma y después te encuentras con otros múltiples obstáculos que no imaginabas.”
La historia terminó dialogando con su propia experiencia como padre. Más que una historia ajena, la cinta le permitió mirar los vínculos familiares desde el lugar que hoy ocupa.
“En el fondo, esta película me daba la oportunidad de hablar de la paternidad, de cómo se va complejizando la relación entre padres e hijos y, por ende, del punto en el que estoy como papá y del entendimiento quizá de hijo, con mi propio padre”.
La figura de la madre es otra de las líneas del relato que adquirieron un sentido personal para Luna.
“Siempre las historias de hijos que crecen sin la figura materna y la reflexión de qué pasa me terminan envolviendo. Este proyecto muy pronto se volvió muy personal.”
El guion fue escrito por Abia Castillo, Diego Luna y Diego Rabasa. En ese proceso, el realizador mantuvo abierta la escritura al trabajo de los intérpretes, el rodaje y la edición.
“Las escenas se terminan de escribir en el cuarto de edición. Están siempre vivas. El proceso de los actores y la forma de llegar a donde les pides que lleguen te puede terminar haciendo replantearte lo que habías escrito.”
Esa misma apertura aparece en su relación con la literatura. Luna rechaza la idea de que una novela contenga una única versión cinematográfica posible.