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En la década de los 60, cuando una nueva sensibilidad generacional comenzaba a sacudir distintas partes del mundo, las guitarras eléctricas, la radio y un entusiasmo distinto también empezaron a resonar en la capital mexiquense.

Ese ambiente de efervescencia musical es el que reconstruye Rock en el alma. Los pioneros del rock en Toluca, los años 60 y 70, del especialista en etnomusicología y sociología de la música Jaime Enrique Cornelio Chaparro, publicada por el Fondo Editorial del Estado de México.

El volumen reúne testimonios, fotografías y recuerdos que permiten documentar el surgimiento de la escena del rock toluqueña, cuando grupos de jóvenes comenzaron a interpretar los ritmos que llegaban de Estados Unidos, Inglaterra y la Ciudad de México.

“Los primeros contactos de los muchachos de Toluca con el rocanrol se dieron a través de la radio y mediante la compra de discos de vinil”, comentó el autor en entrevista.

Estaciones como Radio Capital, Radio Éxitos o Radio 590 La Pantera difunden éxitos en inglés, mientras Radio Mil y Radio Variedades transmitían repertorio en español.

La llegada de esos sonidos coincidió con una transformación generacional más amplia. Influidos por nuevas formas de comportamiento y valores asociados con la libertad y la autonomía, muchos adolescentes comenzaron a distanciarse de las costumbres familiares y a imaginar su propio universo cultural.

“No querían ser adultos, simplemente no ser como ellos”, señaló Cornelio Chaparro (Ciudad de México, 1953) sobre el impulso que llevó a numerosos jóvenes a formar sus primeras agrupaciones.

El proyecto editorial tiene origen en la exposición Rock en Toluca 60 y 70, una historia que contar…, realizada en 2014 en el Museo de Culturas Populares del Centro Cultural Mexiquense. Esta muestra reunió a músicos pioneros, seguidores del movimiento y materiales que evidenciaban la necesidad de preservar dicha memoria colectiva.

A partir de ese encuentro, el también investigador de la Universidad Autónoma del Estado de México decidió organizar los testimonios y reconstruir la historia de una generación que acompañó el crecimiento urbano y cultural de la ciudad.

Entre los primeros espacios donde comenzó a consolidarse la escena roquera destacaron los llamados “cafés cantantes”, que eran pequeños locales donde la juventud escuchaba música en la rocola o en presentaciones en vivo mientras consumía pastelillos, café, malteadas o limonadas.

En muchos de esos sitios no se permitía bailar, por lo que los asistentes seguían el ritmo desde las sillas; aun así, se convirtieron en puntos de reunión para quienes comenzaban a identificarse con la naciente cultura del rock.