España está otra vez allí, 16 años después de que un gol agónico en Johannesburgo le cambiará la identidad para siempre. Volverá a jugar una final de la Copa del Mundo el próximo domingo en el Estadio MetLife de Nueva Jersey, esperando al ganador del partido Argentina-Inglaterra.
Lo consiguió con un fútbol que no necesita de lujos para ser demoledor. Fue un 2-0 implacable que anuló a la subcampeona Francia, cuyo aire de ser invencible se marchó de Arlington sin registrar un solo remate con peligro hacia el arco de Unai Simón.
En el minuto 22, un centro de Marc Cucurella buscó el área francesa. Lucas Digne calculó mal el espacio, no vio venir por la espalda a Lamine Yamal y, cuando quiso despejar, su botín encontró la pierna del extremo español dentro del área.
El árbitro no dudó en marcar la falta. Mikel Oyarzabal acomodó la pelota sobre el manchón de penalti y disparó con la frialdad que lo caracteriza para hacer el 1-0.
Fue el quinto gol del delantero en el torneo, una cifra que ahora comparte con Emilio Butragueño (1986) y David Villa (2010) entre los máximos anotadores españoles en una edición de la Copa.
Para Francia, verse abajo en el marcador fue como entrar a un terreno desconocido. El desconcierto se transformó en una herida abierta pocos minutos después, cuando el central William Saliba tuvo que retirarse con un desgarro muscular.