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El sol se puso sobre esta ciudad del sur de Irán, y Heydar Sadeghi estaba donde se le puede encontrar casi todas las tardes: en un banco junto a los restos de la destrozada escuela de su nieto. Tenía el rostro empapado de lágrimas. 

Una pancarta colocada alrededor de los escombros muestra los rostros de los alumnos y maestros que murieron aquí por un ataque aéreo estadounidense el 28 de febrero, el primer día de la guerra con Irán. Entre ellos están Hami, el nieto de Sadeghi de 11 años, y la madre del niño, Neda Salehizadeh. 

“Busqué a mis niños entre los cuerpos, pensando que quizá alguno estaría entre ellos”, contó Sadeghi este lunes por la noche, recordando cómo corrió hacia la escuela en los instantes posteriores a las explosiones. Gritaba sus nombres y decía “‘¡Vengan conmigo! He venido a buscarlos’. No estaban allí”, añadió entre sollozos. 

La escuela Shajareh Tayyebeh se ha convertido en un lugar para lidiar con el duelo y preservar los recuerdos de los fallecidos. Aquí, los familiares intentan comprender lo incomprensible: cómo alrededor de 120 de sus hijos pudieron irse de golpe, justo después de que los dejaran para un día de clases. 

Al menos un misil de Estados Unidos impactó en la escuela esa mañana en Minab, según una investigación de The Associated Press, pero no ha habido un recuento definitivo de lo ocurrido. La prensa estatal iraní ha dicho que 168 personas perdieron la vida en el ataque, la mayoría niños

El gobierno de Estados Unidos aún no ha aceptado directamente la responsabilidad ni ha hecho públicas las conclusiones de una investigación del Pentágono sobre el incidente. 

«El ataque comenzó como cualquier día de escuela»

Para Sadeghi, el día del ataque comenzó como cualquier día de escuela. Llevó a Hami y a su hermana de 9 años, Nila, en auto a la escuela junto con su madre, su nuera Salehizadeh, que era maestra. Como de costumbre, planeaba recogerlos a la una de la tarde. 

“Pero la campana sonó antes de tiempo — la hizo sonar Trump”, manifestó. 

Hami cursaba quinto grado y le encantaban el fútbol y andar en bicicleta, contó Sadeghi. Su cuerpo quedó tan destrozado por la explosión que solo pudieron identificarlo por la ropa que llevaba puesta, afirmó. 

A Nila la sacaron con vida de entre los escombros. “Gracias a Dios, físicamente está bien”, explicó. “Pero mentalmente, no”. 

La niña y su padre se han mudado con Sadeghi y su esposa. El más leve ruido inesperado la asusta. A menudo se duerme en brazos de su abuela, pero pasa despierta gran parte de la noche. 

Sadeghi dijo que suelen invitar a las amigas de Nila a pasar la noche, con la esperanza de que su presencia la distraiga. 

Quiere ver a la niña sonreír. Por eso, llora aquí, en la escuela, lejos de ella. “Vengo aquí y lloro”, dijo. “Luego voy a casa y bailó delante de la niña”.
La escuela tenía una sección femenina en el piso superior y una masculina y un jardín de infantes en la planta baja. Algunos alumnos eran hijos de oficiales de una base de la Guardia Revolucionaria ubicada junto al centro; muchos eran naturales de Minab, cuya población es mayoritariamente de la minoría étnica baluchi de Irán. 

La pancarta en el lugar nombra a 120 estudiantes muertos —47 niñas y 73 niños— y a 26 maestros y empleados. Se presume que fallecieron otros tres menores, pero sus cadáveres nunca fueron encontrados. 

El gobernador de la provincia de Hormozgán, donde se encuentra Minab, dijo que se conservaría el edificio dañado para convertirlo en un memorial y museo de guerra. 

Entre las varias decenas de visitantes que acudieron allí el lunes por la noche había familiares de los fallecidos, pero también personas de fuera que habían ido a ver la escuela.