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El diputado Federico Ramos, hablante de lengua totonaca, llamó a revalorizar al educador indígena, lo que implica garantizar condiciones económicas dignas para ejercer una profesión, ya que una educación comunitaria indígena no se limita a llevar aulas a las comunidades.

 Al participar en el marco de “Las lenguas toman la tribuna”, argumentó que cuando los educadores, las niñas y los niños pueden nombrar el mundo desde su lengua y tienen un respaldo institucional, la escuela deja de ser espacio de despojo y se convierte en sistema educativo de calidad humana.

Puntualizó que la escuela representa un refugio de posibilidades. La educación no puede avanzar bajo la angustia de quien no llega a fin de mes. Se requiere materializar en condiciones básicas el discurso de que la educación importa en las comunidades más alejadas.

En la lengua del educador –dijo– habitan conocimientos que no figuran en las visiones educativas estandarizadas, pero que estructuran su comprensión del mundo.

“En totonaco, el monte se vincula con un dueño espiritual, se domina un sofisticado sistema numérico vigesimal con al menos veinte clasificadores de forma. Cuando estos conocimientos son negados, no solo se pierde contenido cultural, se desecha una visión del mundo de respeto hacia quienes habitan el territorio”.

Federico Ramos externó que el educador comunitario vive, colabora y padece junto a la gente a la que atiende; se convierte en un maestro al enfrentar la realidad cotidiana. No obstante, ese compromiso comunitario parece no tener valor presupuestal dentro de un modelo educativo que, al menos en el discurso, afirma poner a la comunidad en el centro.

“No basta con garantizar el derecho de acceso a la educación, también importa quién está a cargo de un grupo educativo. A esa conclusión llegué cuando desistí y dejé a mi grupo sin educador.

Entonces me pregunté si esta sería una de las razones por las que 4 de cada 10 personas indígenas en edad escolar no van a la escuela, o si estas condiciones influyen para que solo una de cada 10 personas hablantes de lengua indígena accedan a la universidad”.

Hizo mención que cuando estudiaba, en el salón de clases no se permitía hablar en totonaco, aunque cuando el maestro se ausentaba “la negación de algunos de mis compañeros hacía brotar el totonaco como las hormigas que anuncian la lluvia. Para entonces, la escuela ya había impuesto la idea de hablar únicamente en español”.