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Su música es caminante y onírica, en términos literales. “Comienzo a crear cuando camino al aire libre. Después de 20 minutos, entro en otro estado, no sé si es como de meditación, y ahí es donde se me ocurren ideas. También a partir de sueños o al despertarme”.

Así describe Gabriela Ortiz Torres el origen de su acto creativo, mismo que la llevó a obtener el domingo tres premios en la 68 entrega de los Grammy, incluyendo dos por su álbum Yanga, además de otro por su pieza Dzonot.

Los primeros dos galardones fueron al Mejor Compendio de Música Clásica y Mejor Interpretación coral, mientras Dzonot fue reconocida como la Mejor Composición Clásica Contemporánea, un hecho histórico para la música de concierto latinoamericana, posible también gracias a la participación de la Filarmónica de Los Ángeles, dirigida por el venezolano Gustavo Dudamel.

De semblante feliz y sereno, la compositora nacida en 1964 en la Ciudad de México ofreció ayer una conferencia de prensa en la Facultad de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México, su alma mater y donde se desempeña de profesora.

Fue un encuentro gentil, pero también revelador, como cuando la autora señaló que la base fundamental de su creatividad proviene de “un diálogo profundo” con el silencio. “Es muy importante, el silencio es la conciencia del sonido; transcurre en el tiempo y te permite dibujar con el sonido. Tengo que estar en paz y conmigo misma para tener ese espacio de creatividad”.

Para Ortiz, la música es, en esencia, un acto de comunicación humana, y en el sonido, en la composición, subrayó, ella ha encontrado “la mejor manera” para expresarse.