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El fútbol es una cosa; lo que la gente hace con los resultados es otra distinta: más genuina y espontánea. La selección mexicana necesitaba ganar anoche ante República Checa en el estadio Ciudad de México para sacudirse un siglo de resultados imperfectos.

Ni en el mundial México 70 ni en el 86, nunca antes el Tricolor había ganado sus tres partidos de fase de grupos. Y además sin recibir goles.

Con los aciertos en las anotaciones de Chávez, Quiñones, Fidalgo y la aparición de Memo Ochoa en su sexto Mundial. Un 3-0, así, o tres a cero, o como usted guste, pero caray, esto más que un chispazo era el fuego que abrasaba todo a su paso.

A los 77 minutos y con el partido ya sin riesgo cuando iban 2-0, Memo entró serio, pero con evidente felicidad, trotaba tranquilo rumbo a la portería, cadencioso y con la certeza de que un estadio con 80 mil 824 asistentes estaba entregado a su viejo portero. No cualquier portero cuarentón juega un sexto Mundial y menos uno en casa.

“Olé, olé, Memoo, Memoooo!”, en una sola voz multitudinaria.

La afición estaba más allá del resultado, es verdad, pero esto era lo que soñaban. Querían un pretexto, tan sólo eso, para enloquecer, para gritar cualquier disparate o cantar el Cielito lindo y sentir que la multitud somos todos y que con cada partícula se multiplicaba una masa cálida y protectora. Hay que ser de palo para no contagiarse.

Cuando tocaban la pelota, los aficionados querían lanzarse a ese césped tan verde que parecía una mesa de billar y patear el balón o a un checo o lo que se atravesara en el camino, porque si el equipo no podía, entonces hay que echar montón con tal de ganar o empatar o lo que sea para seguir festejando.