Hay victorias que cambian la historia de un equipo en la Copa Mundial, de lograr lo que parecía imposible. Las dos veces anteriores -1970, 1986- que México abandonó el refugio del Estadio Azteca para jugar como local no ganó un solo partido.
Pero la noche de ayer, en una Guadalajara encendida y tan llena de color, el equipo nacional quebró la inercia con un 1-0 ante Corea del Sur, suficiente para asegurar el pase y la localía en la Ciudad de México en la siguiente ronda.
En la Perla Tapatía, la jugada en la que Luis Romo definió el encuentro y se celebró como si valiera un título. El mediocampista de Chivas capitalizó un error del arquero Kim Seung-gyu y remató con el arco abierto. Hay lugares que logran simular que el tiempo existe, la casa de Chivas consiguió suspenderlo. Fue intensa y vibrante de una manera que sólo el fútbol sabe provocar.
Hubo pasajes de pura claustrofobia, pero el Tricolor controló nervios, resistió los silbidos y abucheos al final del primer tiempo; volvió a mirar de frente a su principal amenaza: Heung-Min, la ex figura del Tottenham, quien estuvo a nada de adelantar a Corea del Sur al anticipar una salida de Raúl Rangel.
El surcoreano bombeó la pelota, flotando en la ignorancia de un fuera de lugar que el árbitro uruguayo Gustavo Tejera tardaría segundos en señalar, y el capitán Edson Álvarez corrió a salvar el desastre con una chilena agónica sobre la línea de meta.
Fueron minutos de murmullo en las tribunas. El técnico Javier Aguirre encontró entusiasmo en Julián Quiñones, quien leyó que Corea del Sur era un embudo, que sus compañeros se empantanan con la pelota, y decidió cargar con el peso del ataque en el primer tiempo.
Un centro de Jorge Sánchez lo encontró solo sobre el punto penal, pero su cabezazo fue a parar a los guantes de Seung-gyu. A pesar de la tensión del momento, el 1-0 funcionó más tarde como una prueba de que la historia no es algo que ya pasó, sino un guion que se escribe todo el tiempo.
México saltó sobre el listón que tantas veces lo hizo caer en los Mundiales por errores, penales o estadios en los que no encontró el mismo peso que el Azteca, su templo sagrado. Renovó un optimismo que estuvo a punto de desaparecer.
Pero Guadalajara fue una ciudad viva. Si moverse por sus calles ya era una aventura antes del Mundial, ayer lo fue aún más. Carriles cerrados por obras de último momento, escaleras mecánicas fuera de servicio, proyectos de transporte que apenas llegaron justo a tiempo. Todo formó parte del paisaje urbano de estos días de fiebre por la Copa.