Desde el Mundial de 1986, México arrastra su propia mística de la derrota. Una herencia que se repite cada cuatro años como un mantra circular: clasificar siempre a la antesala de la gloria, para luego desplomarse ante cualquier rival.
La selección hizo de los octavos de final su propia barrera psicológica. En su última función, el Estadio Azteca se iluminó con las luces de una tormenta eléctrica y retrasó una hora el partido en el que Inglaterra acabó con el sueño todo un país al vencer 3-2 al equipo tricolor.
En sólo dos jugadas del primer tiempo, la maquinaria inglesa despertó a los locales de una ilusión gigante. Jude Bellingham corrió el campo en un contragolpe, inmune a la altitud de la CDMX y la velocidad del balón, vio el centro de Bukayo Saka y se lanzó de palomita para mandar el balón a las redes.
Un par de minutos después, Harry Kane retrasó una pelota en el área y el propio Bellingham entró casi cayéndose, venciendo la estirada del arquero Raúl Rangel. Dos ataques, dos goles.
Aquella pregunta -¿Y si sí?- que durante días impulsó celebraciones multitudinarias en el Ángel de la Independencia desapareció en el acto, transformándose en el ya conocido “Sí se puede”, una frase que en México no es una arenga, sino un epitafio.
Desde el fondo del estadio emergió el grito homofóbico (ehhh puuuto), lanzado contra el portero inglés. El árbitro miró hacia otra parte, pero con el tiempo cobró la fuerza de la resignación.
Justo al filo del descanso, Julián Quiñones, el delantero nacido en Colombia que eligió naturalizarse mexicano, cazó un rebote en el área y metió un derechazo feroz que infló la red. Fue como inyectar sangre en un equipo que ya se veía superado.
Hubo después una tarjeta roja para el inglés Jarell Quensah por una plancha sobre Jesús Gallardo, un amago de golpes junto a las bancas, los gritos desesperados de los técnicos, el VAR dictando sentencias en la pantalla gigante y la lesión de Santiago Giménez.