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En 2023, uno de cada 20 decesos en Canadá ocurrió por muerte asistida; es legal en este país desde 2016 para personas en fase terminal. En 2021 se amplió el derecho a quienes padecen una enfermedad grave e incurable, incluso si la muerte no era «razonablemente previsible».

Un comité parlamentario empezará a estudiar el mes que viene sobre si la muerte asistida debería extenderse a quienes padecen exclusivamente enfermedades mentales.

Claire Brosseau espera que esta sea su batalla final. Afectada durante décadas por un trastorno bipolar, llevó ante los tribunales su caso por el derecho a morir.

El sufrimiento de Jacques Poissant terminó el día que le preguntó a su hija si sería «una cobardía pedir ayuda para morir». Este asesor de seguros canadiense jubilado tenía 93 años y un cáncer de próstata que le provocaba sufrimientos insoportables cuando le planteó la pregunta a su hija Josée.

«Se estaba apagando. Ya no tenía ganas de vivir», contó a la AFP Josée, de 61 años. Pero cuando supo que se le había autorizado la muerte asistida «dejó de sufrir» y no dudó en ningún momento de su decisión, refirió.

Cinco años más tarde, en 2025, su madre hizo la misma elección. Tenía 96 años, había sido hospitalizada y entendió que ya no podría volver a vivir en su casa.

Murió rodeada de sus hijos y las parejas de estos, con la música que amaba. «Estaba en paz. Cantó hasta que se durmió».

Poissant lo recuerda como un momento hermoso y conmovedor. «No existe una buena manera de morir, pero para mí esta fue la mejor» y fue «un privilegio tener el tiempo para despedirnos».